martes, 19 de marzo de 2019

"Gil-Albert, necesario, gran retorno", por Lusi Antonio de Villena

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GIL-ALBERT, NECESARIO, GRAN RETORNO…

Juan Gil-Albert (1904-1994) era menudito y no muy alto, incluso un poquito encorvado en su vejez, pero poseía una distinción natural y un tono de dignidad educada, absolutamente fantásticos.  Fue muchos años pobre, o tuvo muchas veces fuertes problemas económicos (hundidos los negocios familiares) pero algo en él hacía que todo eso pareciera casi imposible, aunque uno supiera que era una verdad cruel…  Gil-Albert, alicantino y valenciano, era como gustaba decir “un español que razona”, un hombre culto, inteligente casi un punto esnob, que le hacía de una izquierda hoy inexistente -parte del exilio republicano- y homosexual que nunca ocultaba lo que para él no era sino otra “manera de ser”. Así lo contó en su muy hermoso “Heraclés”, libro escrito en 1955 y que sólo vio la luz veinte años más tarde. Gil-Albert pese a ser tan singular y tan excepcional prosista (además de muy buen poeta) con el quiebro de la guerra civil y los distintos exilios, apenas nunca ha ocupado el alto puesto que le corresponde en nuestras letras. Es raro que no se le incluya en la Generación del 27, si por ejemplo Manuel Altolaguirre -nadie duda de su pertenencia- era un año largo más joven que Juan, nacido el malagueño en 1905.  No me lleva ninguna pasión al poner muy alto a Juan Gil-Albert aunque personalmente lo quise mucho y me supe correspondido. Por eso siempre celebro sus reapariciones, ya que es cierto que nunca se ha ido del todo, tanto como que no ocupa el escalafón debido.
Entre el curso pasado y lo que va de este, se han publicado dos libros muy importantes para conocerlo, “Un arte de vivir” (Renacimiento) es un conjunto de prosas inéditas dentro de ese tono de apunte meditativo o sensitivo, que él había agrupado en los dos tomos de “Breviarium vitae”, y acaba de aparecer -en el Instituto Gil Albert de Alicante- “Cartas a Juan Gil-Albert. Epistolario selecto.”, donde figuran cartas de cercanos amigos suyos como  Rosa Chacel (que lo adoraba), el pintor y poeta Ramón Gaya (un permanente “odi et amo”, Gaya no era de fácil carácter), Octavio Paz, Azorín -también alicantino- Vicente Aleixandre, Concha de Albornoz, y más cerca Gil de Biedma o José Agustín Goytisolo, entre otros más.  Un libro nos indica cuánto nos queda aún para comprender cabalmente la enormidad de Gil-Albert, el otro quiénes y cual era el nivel de sus cercanos, es decir de su mundo…  Siempre en la cubierta el retrato sereno de Enrique Climent. En los días de México (y sólo volvió a España en 1947 por amor) Juan, en esas jornadas frías de aquella altura, no llevaba prenda de abrigo. Los amigos también exilados que lo vieron, decidieron que había que ayudarlo, y reunieron unos pesos para que se comprara algo, de abrigo, supusieron. Pero días más tarde, tornaron a verlo igual de desabrigado. Temiendo que el dinero hubiera sido poco para alguien de su estilo, le preguntaron con cautela: Juan, ¿acaso no has tenido bastante con lo que te dimos? Y Gil-Albert replicó con su innata elegancia: Sí, muchas gracias, claro que he tenido. Entré en una perfumería y me compré buenos productos de afeitado, incluyendo la loción. Y fíjate, aún sobró algo. Pero se lo dejé de propina al mozo que me atendió. ¡Hacía tantos años que no dejaba propina! Ese era cabalmente (frívolo y muy hondo) Juan Gil-Albert.  En poesía no pueden dejar de leerse “Los Homenajes” y en prosa -aparte de tantas y sensibles memorias, como “Crónica general”- por supuesto esa novela corta y bellísima que es “Valentín”, el amor sensual y espiritual, de dos jóvenes actores de teatro en la Inglaterra elisabetiana. Libros muchos de ellos escritos en los pasados años 60 -algo de eso era el “exilio interior”- pero que Gil-Albert sólo pudo empezar a ver editados entre 1974/1975 lo que él denominaba su “annus mirabilis”. Acaso el único momento en que se le reconoció de verdad, al tiempo que yo prologaba y editaba asimismo su “Retrato oval”, la fascinación de un republicano por el mundo de los zares últimos y su destino trágico, aún en la Santa Rusia.  Vicente Aleixandre acertó al escribirle a Gil-Albert estas palabras, al recibir su primera antología lírica, “Fuentes de la constancia” (1972): “Muchos años has pasado en la soledad, con un valor admirable y una permanencia no menos llena de fortaleza. Hoy tu poesía se abre el paso debido en este país nuestro donde tanto se descuida lo que más puede honrarle.” Eso exactamente.   




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